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Algunos coches al fondo del paso elevado se han detenido amenazadores en el
semáforo. Alineados como en una carrera, si no fuera por su variedad. Un Cinquecento, un new Beetle, un Micra, un coche americano no mucho mas identificable, un viejo Punto.
En el interior de un mercedes 2oo, un dedo fino de uñas diminutas y mordidas da un ligero empujón a un CD. Desde los altavoces laterales Pioneer la voz de un grupo de rock cobra vida de repente.
El coche se pone de nuevo en marcha, arrastrado por la corriente. Ella querría saber "¿Dónde está el amor?". Pero, ¿existe realmente? Al menos tiene clara una cosa: le gustaria poder deshacerse de su hermana que, desde el asiento trasero, repite una y otra vez: "Pon el de Eros, venga, quiero oir a Eros".
El mercedes pasa justo en el momento en el que ese cigarrillo, ya consumido, cae al suelo, empujado por un movimiento preciso de los dedos y ayudado por un poco de viento. Él baja los escalones de mármol, se arregla sus 5o1 y luego sube a lal Honda azul VF 75o Custom. Como por arte de magia, se encuentra entre los coches. Su Adidas derecha cambia las marchas, retiene o deja ir el motor que, potente, lo impulsa como una ola en el tráfico.


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